sábado, 4 de octubre de 2014

El trabajo en equipo según el método Gung Ho


El trabajo en equipo según el método Gung Ho


La taza de té
Nan-in, un maestro japonés de la era Meji recibió cierto día la visita de un erudito, profesor en la Universidad, que venía a informarse acerca del Zen. Nan-in sirvió el té al visitante. Colmó hasta el borde la taza de su huésped, y entonces, en vez de detenerse, siguió vertiendo té sobre ella con toda naturalidad. El erudito contemplaba absorto la escena, hasta que al fin no pudo contenerse más. - Está ya llena hasta los topes, no siga, por favor. - Como esta taza –dijo entonces Nan-in- estás tú lleno de tus propias opiniones y especulaciones, ¿Cómo podría enseñarte lo que es el Zen a menos que vacíes primero tu taza?


El éxito de un del trabajo en equipo, del cual depende la mayoría de los proyectos que se emprenden, es una de las cosas más complejas que existen. Son muchos los libros, videos o películas que sobre el tema se realizan, pero la realidad es que en la práctica, las personas no alcanzan a unificar criterios. Todo ello se debe, quizás, a que se exhibe en el encuentro con otros  un dejo de individualismo que impide la consecución de las metas.  También es posible que las personas sientan una sobreexposición, es decir, un sentimiento de quedar al descubierto, de evidenciar sus falencias al trabajar con otros, y además,  podría sumarse a esta serie de razones por las que no se trabaja en equipo, simplemente el hecho de no querer hacer la parte que nos corresponde, aspecto que se da cuando una persona no se identifica con la razón que motiva la acción, para ser más preciso, cuando alguien no siente también como propio el objetivo del grupo.  
El método Gung Ho pretende, de un modo muy sencillo, alcanzar en definitiva el éxito en los proyectos colectivos. Se inspira en los comportamientos de tres animales, a saber, la ardilla, el castor y el ganso. De la ardilla podemos aprender la laboriosidad, a hacer el trabajo que es necesario, al regirse por algunos criterios, que  para nosotros serian valores y que guían los planes, y a entender que el trabajo es importante. Todo esto independientemente de la discusión entre lo instintivo o cultural. Del castor se aprende la autonomía, el estar en control de la situación sin la necesidad de jefes o personas que tengan que decirme lo que debo hacer. En el caso de los equipos de trabajo, los líderes podrían definir los criterios para la acción y retirarse porque ya se internalizaron. Finalmente, del ganso se aprende que todos necesitan de todos, que el estímulo entre los miembros del equipo es clave. La idea es no sentir al par como un depredador  sino como un aliado;  así se puede exhibir sin miedo las debilidades y tomar soluciones entre todos para que no se conviertan en debilidades del equipo. 
Resumiendo lo anterior, tendríamos: 1º Laboriosidad con sentido, 2º autonomía y 3º solidaridad.  Tres criterios sencillos que garantizan éxito en equipo.

Sin embargo, tanto este método como los demás serán exitosos cuando las personas manifiesten un deseo sincero por superar barreras como el egoísmo, la pedantería y competencia malsana, tan comunes en el ámbito de la competitividad. El máximo obstáculo para relacionarnos  casi siempre es uno mismo, y cuando reflexionamos seriamente sobre nuestras actitudes negativas ha de venir la parte crucial, que es la disposición al cambio, el desaprender. Hoy en día el meollo del asunto no es tanto lo que debemos aprender sino lo que es necesario desaprender.  El desaprendizaje es más importante que el aprendizaje.  Para terminar remito al epígrafe con el que se inició. 

Eduar Bedoya

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