El trabajo en equipo según el método Gung Ho
La taza de té
Nan-in, un maestro japonés de la era Meji recibió
cierto día la visita de un erudito, profesor en la Universidad, que venía a
informarse acerca del Zen. Nan-in
sirvió el té al visitante. Colmó hasta el borde la taza de su huésped, y
entonces, en vez de detenerse, siguió vertiendo té sobre ella con toda naturalidad.
El erudito contemplaba absorto la escena, hasta
que al fin no pudo contenerse más. - Está
ya llena hasta los topes, no siga, por favor. - Como esta taza –dijo entonces Nan-in- estás tú lleno de tus propias opiniones y especulaciones, ¿Cómo podría
enseñarte lo que es el Zen a menos que vacíes primero tu taza?
El éxito de un del
trabajo en equipo, del cual depende la mayoría de los proyectos que se
emprenden, es una de las cosas más complejas que existen. Son muchos los
libros, videos o películas que sobre el tema se realizan, pero la realidad es
que en la práctica, las personas no alcanzan a unificar criterios. Todo ello se
debe, quizás, a que se exhibe en el encuentro con otros un dejo de individualismo que impide la consecución de las metas. También es posible que las personas sientan
una sobreexposición, es decir, un
sentimiento de quedar al descubierto, de evidenciar sus falencias al trabajar
con otros, y además, podría sumarse a
esta serie de razones por las que no se trabaja en equipo, simplemente el hecho
de no querer hacer la parte que nos
corresponde, aspecto que se da cuando una persona no se identifica con la razón
que motiva la acción, para ser más preciso, cuando alguien no siente también
como propio el objetivo del grupo.
El método Gung Ho
pretende, de un modo muy sencillo, alcanzar en definitiva el éxito en los
proyectos colectivos. Se inspira en los comportamientos de tres animales, a
saber, la ardilla, el castor y el ganso. De la ardilla podemos aprender la laboriosidad, a hacer el trabajo que es
necesario, al regirse por algunos criterios, que para nosotros serian valores y que guían los
planes, y a entender que el trabajo es importante. Todo esto
independientemente de la discusión entre lo instintivo o cultural. Del castor
se aprende la autonomía, el estar en control de la situación sin la necesidad
de jefes o personas que tengan que decirme lo que debo hacer. En el caso de los
equipos de trabajo, los líderes podrían definir los criterios para la acción y
retirarse porque ya se internalizaron. Finalmente, del ganso se aprende que
todos necesitan de todos, que el estímulo entre los miembros del equipo es
clave. La idea es no sentir al par como un depredador sino como un aliado; así se puede exhibir sin miedo las
debilidades y tomar soluciones entre todos para que no se conviertan en
debilidades del equipo.
Resumiendo lo
anterior, tendríamos: 1º Laboriosidad con
sentido, 2º autonomía y 3º solidaridad. Tres criterios sencillos que garantizan éxito
en equipo.
Sin embargo, tanto
este método como los demás serán exitosos cuando las personas manifiesten un
deseo sincero por superar barreras como el egoísmo, la pedantería y competencia
malsana, tan comunes en el ámbito de la competitividad. El máximo obstáculo
para relacionarnos casi siempre es uno
mismo, y cuando reflexionamos seriamente sobre nuestras actitudes negativas ha
de venir la parte crucial, que es la disposición al cambio, el desaprender. Hoy
en día el meollo del asunto no es tanto lo que debemos aprender sino lo que es
necesario desaprender. El desaprendizaje es más importante que el
aprendizaje. Para terminar remito al
epígrafe con el que se inició.
Eduar Bedoya
Excelente comentario para un excelente libro...
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